Última carta a mis abuelitos

Los abuelos o, en mi caso, los abuelitos, para mí están relacionados con la niñez. Y, como es así, cuando transitan hacia otro lugar lejos de este mundo perecedero, algo dentro de ti muere o parte con ellos. Tan solo te quedan los recuerdos, que no dejan de asaltar tu mente y decirte lo maravilloso que era el pasado. Porque los abuelos son los que te hacen rememorar cuando te acompañaban al colegio, cuando jugabas con tus juguetes preferidos o cuando disfrutabas comiendo tu plato favorito. ¿Quién te va a refrescar la memoria a partir de ahora? Tú, solo tú, te conviertes en adulto de sopetón y tu pasado se va apagando, como un decorado el cual ya nadie va a usar jamás.

La vida pasa y no te das cuenta, crees que tus abuelitos son inmortales y que siempre tendrás tiempo de volverlos a ver, pero ahí están, con varias décadas más que tú, pertenecen a otra época, otra generación y tarde o temprano, como es lógico, se marchan y tú te quedas en este mundo y, quizá, algún día tú también serás abuelo y se volverá a repetir ese juego infinito llamado familia. No será mi caso, porque yo siempre quise ser nieto e hijo, pero nunca padre o abuelo.

Ojalá mi vida hubiese sido distinta y hubiese podido verlos mucho más, pero eso no hubiese cambiado nada, tan solo tendría más recuerdos, pero de mi etapa adulta y, bajo mi punto de vista, los mejores recuerdos son aquellos que conservo cuando era muy muy joven. Son pocos, sí, pero los guardo junto a mi corazón, a veces de piedra, a veces de papel mojado.

Para ellos siempre era un niño, midiese metro treinta o casi dos metros, tuviese el pelo corto o largo, vistiese de colores o completamente de negro. Porque ellos sabían ver mi interior, ese lugar inexpugnable que pocos han podido contemplar. Ellos no juzgaban, solo se limitaban a ver lo maravilloso que había en mí, daba igual cómo me hubiese tratado la vida o los fracasos innumerables que hubiesen a mis espaldas. No importaba lo que hubiese conseguido, porque siempre seguía siendo yo, el niño que jugaba, corría, reía, comía todas las mandarinas del árbol o les daba de comer lombrices a las gallinas, y eso era lo único que contaba.

Tan solo espero que algún día se me pegue algo del coraje y positividad que tenían ambos. Y también espero que, después de esta interminable función, entre bastidores, estéis esperándome llenos de salud, energía y felicidad, porque es así como os recuerdo y os recordaré siempre.

Os quise, os quiero y os querré siempre, abuelito y abuelita.

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